Mostrando entradas con la etiqueta Ricardo Fort. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ricardo Fort. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de febrero de 2010

Ricardo Fort en sí mismo resulta de una vulgaridad malsonante



Por Marcelo A. Moreno

Si el fenómeno Ricardo Fort en sí mismo resulta de una vulgaridad malsonante, ver su programa de televisión -que las parcas, que tejen y destejen el destino, malignas y vengativas, me llevaron a contemplar- constituye una experiencia extrema.

El que tuve la indisposición de ver -tumbado por una especie de fascinación masoquista- arrancó con una visita del millonario a chicos internados en un hospital. ¿Qué les llevaba de regalo la estrella mediática? Chocolates de su producción.

Por supuesto, los médicos, a cámara, aclararon que gran parte de los nenes, por las patologías que padecen no pueden comer justamente chocolates. El papelón, por cierto, no hizo mella en ni un músculo del musculoso.

Todo el programa -que presume reflejar la vida de Fort- resulta de un amateurismo que recuerda a los videos caseros de casamientos o cumpleaños de quince.

Encima, lo que refleja de su vida es de una intrascendencia inaudita: desde un guardaespaldas hablando de lo bien que le paga su patrón hasta la novia de Fort besándolo con insistencia casi canina pasando por él, siempre él en primerísimo plano, hablando loas de sí mismo.

Sólo por momentos da la impresión de que se filtra cierta verdad en la impaciencia que demuestra este personaje de cómic ante errores ajenos, impaciencia que se acerca a una explosiva intolerancia.

La cumbre del programa fue un viaje en una avioneta privada de pocos asientos, acompañado por su corte. De pronto, varios se taparon la nariz ante un olor que debió ser agresivamente poderoso: el millonario había soltado una flatulencia, acción que festejó copiosamente. Es que en ese perpetuo canto a sí mismo que ofrece como espectáculo, hasta sus producciones intestinales le parecen dignas exhibir.

Muchos relacionan al personaje con resabios o nostalgia del menemismo por la ostentación obscena de muchos ricos de entonces. No se entiende, sin embargo, bien por qué: el mismísimo INDEC difundió por estos días que la brecha entre ricos y pobres en el país se amplió a 28,2, veces, cuando en el mismo período del 2008 era de 23.

Nos guste o no, Fort es un rostro desagradablemente ordinario de la Argentina de hoy.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Ricardo Fort y Oscar González Oro, envueltos en sus propias pero redituables trampas

El fenómeno Fort importa, en la Argentina desequilibrada, más que la pelea entre el gobierno y Cobos. Por lo menos, eso revela el rating del domingo que arroja las elecciones de un público interesado en ver cómo Fort cacarea porque la gente con la que convive deja la ventana abierta permitiendo el feroz ingreso de los bichos a su orgiástica casa.

Un hombre que emerge en los medios como un mediático más pero que frente a los consejos alfanescos y a la simulación de querer ser el Fred Astaire del subdesarrollo termina, convirtiéndose, en un muñeco inflable que aburre por jugar el juego de la seriedad en la TV fantásticamente bizarra que lo supo conquistar.

Como el mejor exponente de la utilería masculina, Fort tiene como mayor atributo el exhibicionismo de lo material que lo conjuga con lo siempre visible. El típico prototipo de gimnasio al que lo persigue, de tanta “papota”, la temida flaccidez precoz.


A partir de su manera de presentarse ante el mundo, Fort antepone el dinero a lo artístico aunque lo niegue y “actúe” malestar. Se repliega o bien, se enarbola en su poder económico y lleva a la opacidad un talento que se demuestra y no se explica. Aunque se explica cuando se conoce, internamente, la carencia del mismo. (Ver Desencajados).

Igualmente, es un fenómeno que se consume porque estamos frente a una sociedad característicamente voyeur que absorbe todo aquello que está rodeado de perversión y morbo. Aquello que encierra dinero, mujeres, sexualidad y un despliegue jactancioso que brilla frente a un contexto en el que la miseria se acentúa aún más.

No es sinónimo, desde una de las vertientes de la sociología, que el alto nivel económico proporcione a la persona distinción social. Así, "el engrasado nocturno", es un exponente práctico de dicha teoría que tiene cinco lecturas:

- La añoranza del televidente que tiene un buen pasar y que apuesta por mucho más.
- La nostalgia del televidente que vive a través de lo que tiene el otro por limitaciones estructurales.
- La curiosidad antes mencionada producto del voyeurismo imperante.
- La visión de Fort, desde el análisis de medios, como un personaje de distracción que si pasa a ser el segundo alumno de Julio Chávez estará en el horno.
- Y la lectura más simple: a Fort se lo consume porque todos tenemos una Jelinek interior.


González Oro es, desde hace años, la estrella de Radio 10.


También vive enfrascado en la innecesaria pero compulsiva retórica del talento congénito. No ostenta dinero pero sí conocimiento. “Estuvo en todas partes y con todos”.

Oscar es un frecuente visitante de su Facebook. Acepta a gente que conoce y también, a sus fieles oyentes que arengan, con la parcialidad de todo fan, al conductor.

En ese espacio no tan privado como su camuchi, remarca datos de su vida. Cuándo se va, a dónde y cuando volvió. Privilegia Punta del Este como su espacio de remanso. Lugar también para dejarse llevar por sus ardientes pasiones. Transportarse en el éxtasis de dormir desnudo; de fantasear con las fantasías de los otros; y de fomentar sus propias ironías.

Deja ver su costado sensible, cachondo y mimoso. Tiene amigos, se une a grupos y se hace fan. Como una criatura busca la aceptación de sus “amiguitos”.

No le gusta la Venezuela de Chávez pero, tranquilamente, podría vivir bajo ciertas normas chavistas, ya que una de sus últimas publicaciones es la siguiente: Principio del formulario.

Oscar se ha hecho fan de “Cuidemos el agua: bañémonos de a dos”.

Algo que lo muestra coherente con lo que escribe y que le servirá para seguir adelante con su vertiginosa carrera olfativa. Porque como ya se dijo en el Blog notas pasadas, para González, que en una de esas es Oro, no hay nada mejor que saber olerse más y qué mejor bajo la ducha. Para ahorrar agua como quiere Chávez que no es Julio.

Nada más excitante que poder decirse mientras el agua corre por prominentes elevaciones corporales y luego de olfatearla cuan perro molesto, “Sos vos, te conozco, sos el mismo, sos aquel que…” con premeditado misterio de trampa.

Todo esto es lo que nos dan nuestros sagrados medios de comunicación en sus diferentes formatos.

Juntos y revueltos. Desencajados pero contentos, Fort y Oro, pueden unirse para conformar la versión 2010 de “Dos para una mentira” Con menos facha y varios kilos más que los protagonistas originales, ellos son la lícita y redituable mentira del talento.